Antes era diferente, pero ahora son muchos

Por Diego Arturo Grueso

“Todo crimen de odio está antecedido por un discurso de odio”

Adama Dieng, Asesor Especial del Secretario General sobe la Prevención del Genocidio.

Hace unos años, un colega de origen Libanés que estudiaba y escribía sobre xenofobia en los Estados Unidos, me preguntaba sobre qué tan xenófobos resultábamos los latinos, porque aunque él había estado en diferentes espacios donde se discutía el tema, de Latinoamérica sólo tenia referencia de la situación de los haitianos en República Dominicana. En ese momento pensé poco y respondí vagamente seguro, que la xenofobia en realidad no era la nuez del asunto discriminatorio en el lado sur del hemisferio, que, en Latinoamérica, si bien existían estereotipos guiados por algún lineamiento xenófobo, no me parecía que hubiese una retórica anti extranjera, o un discurso de odio que movilizara las agendas de la política.

De ahí en adelante me ha visitado esa pregunta con relativa frecuencia: ¿Qué tan xenófobos somos en Colombia? Y creo que, hasta hace poco tiempo, no iba más allá de lo que respondí aquella vez. Apenas si identificaba dentro del repertorio de estereotipos con los que crecí, los calificativos de peruano o boliviano como feo u ordinario, estereotipo reforzado por la televisión del cable, cuando los canales peruanos eran a la vez codiciados, porque tenían más enlatados que los nuestros, como también motivo de burlas por programas en los que Laura, la inolvidable señorita Laura, una rubia ruidosa y oxigenada, paseaba a peruanos del común en su set de la humillación.

En cualquier caso, parecían más importantes nuestra propias y locales demostraciones xenófobas. Para quienes vivimos en Bogotá, los epítetos, calentano, corroncho, provinciano fueron palabras que ayudaron a sembrar en nosotros cierto tipo de superioridad andinocéntrica. Algo parecido a lo que pasa con los argentinos y su tendencia a menospreciar el vecindario sudaca y exaltar la influencia europea de su constitución cultural y racial. Más allá de significar un refuerzo de la ideología de la superioridad de unas personas por encima de otras, sólo por nacer o vivir más o menos cerca al centro o a las estrellas, esta estereotipia no parecía estar cerca a los discursos de odio de los que uno oye pasan en otras partes.

De repente algo comenzó a cambiar, lentamente emergió una figura que no conocía. El antagonismo que se entabló entre los gobiernos de Colombia y Venezuela en épocas de Uribe y Chávez, fue sembrando en el lenguaje cierta semilla amarga. Ya Venezuela y venezolano no se oían de la misma forma en la conversación del café, en las noticias o en los almuerzos familiares. Algo de hostilidad para referirse a quienes venían del otro lado del Orinoco, fue cada vez más común.

Por supuesto, no fue de inmediato que “venezolano” comenzó a asociarse claramente con desvalores, con criminalidad. Siempre es lentamente, de a pocos, pero implacablemente, que se consolida un discurso capaz de hacer del odio y del desprecio, algo familiarmente asociado a una nacionalidad, a un origen distinto al propio.

Sin darme bien cuenta, ya estaba entre nosotros, la retorica de rechazo y de descrédito hacia las personas que venían de la que cada vez menos llamada nación hermana, comenzó a tomarse diferentes ámbitos.

Lo primero que se sembró en el imaginario, fue la mujer venezolana como prostituta. Para pocos, incluyendo las instituciones y funcionarios que se debían ocupar del tema, se prendieron las alarmas sobre tráfico de personas, o sobre esclavitud sexual, que es lo que de verdad está pasando con cientos de mujeres venezolanas que caen presas de tenebrosas redes del mercado del pecado. Por el contrario, y para ponerle doble nudo a la crueldad del arquetipo, en vez de comprensión e interés por situaciones tan complejas como las que seguramente les toca enfrentar, hemos marcado a estas mujeres con el sello de la lujuria que se maldice, para justificar todo lo malo que les pueda estar pasando.

Al mismo tiempo que se hacía familiar en el lenguaje de los hombres, la expresión “venezolana” como proxi para decir puta, los medios realizaban un despliegue sin precedentes, como si fuera la primera vez de un éxodo, como si el desplazamiento forzado nos fuera un fenómeno extraño. Contaban y contaban por decenas, cientos y miles, andaban con ellos en los caminos para preguntarles qué les había sacado de su país, supuestamente preocupados por la situación que los expulsaba, más no por los riesgos que les esperaban. También comenzaron las cuentas, las de siempre, las que hacen los países de esos que nos piden visas y extractos bancarios: cuanto nos cuesta esta oleada de gente, cuantas camas en los hospitales, cuantos pupitres en los colegios, cuantas limosnas en los semáforos.

Esa imagen repetida infinitas veces hizo mella, entonces ya en los taxis, en las filas de los supermercados, en los almuerzos de familia, en las conversaciones de amigos que sin miramientos van diciendo: “la semana pasada me robaron unos hijueputas venecos”; el venezolano se fue aproximando peligrosamente a la categoría delincuente. Y los titulares: “una banda de venezolanos asalta almacén”. “Eran venezolanos quienes azotaban tal sector de la ciudad” y así llegamos al titular donde ladrón o delincuente se puede intercambiar por venezolano para decir: “Ciudadanos impiden que venezolanos saqueen locales durante las protestas”. Ya dicho así nada más, sin filtro, sin explicación. Venezolano separado de ciudadanos, que somos supuestamente los colombianos, mientras que ellos son una masa de disolutos y criminales que quieren robarnos todo lo bueno que somos.

Entonces, una pregunta que respondía vagamente seguro de que fuera en realidad un problema hace años, se me presenta ahora con todo lo rotundo de la palabra que siembra el odio. Con la frase final de un conductor al que interpelé cuando afirmaba sin miramientos y con una certeza casi convincente, que se quería ir de su barrio, en el que vivía hace mucho, porque había ya mucha gente de Venezuela y eso se volvió muy peligroso (aunque yo siempre he oído que ese barrio del que me hablaba es peligroso). ¿Y es que antes no venían venezolanos a Colombia? ¿pensaba eso de ellos antes? Antes era diferente, pero es que ahora son muchos, termino diciéndome.

Ese tipo de frases lapidarias, esa conversa que ya se vuelve un lugar común, esa forma de orientar las noticias sobre un grupo de personas, han justificado los peores crímenes. No quiero posar de agorero, ojalá estas palabras se las lleve el tiempo y no pase nada más y que decir Venezuela o venezolano, se asocie con beisbol, con Cococete, con Polar, con Bolivar, con joropo, con petroleo, incluso al menos con esas novelas de las que mi abuela no se despegaba. En cualquier caso, deberíamos empezar a revertir el caudal xenófobo que hemos echado a andar, porque puede terminar en mares de lágrimas.

Fuente: Odracial.org

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