El caos como verdad falsa y la lucha por la captura de la imaginación

Por: Alvin Góngora

Un presidente, cuya legitimidad es cada día más precaria, anunció recientemente que, ad portas de cumplir con los trámites requeridos y firmar la ley estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz, tenía seis objeciones que le impedían hacerlo. Si bien su anuncio se da dentro de la ruta estipulada por la ley, cayó de manera sorpresiva. Hubo quienes se preguntaron en voz alta si un Presidente estaba constitucionalmente equipado para objetar una ley de la nación emitida por los otros dos órganos independientes del poder público.

Lo que Iván Duque hizo es legítimo. Él está en la capacidad constitucional de objetar lo que las otras ramas del poder consideren conveniente y de acuerdo al ordenamiento jurídico vigente. Lo que se le cuestiona es si sus objeciones responden a vacíos detectados por el Ejecutivo en la constitucionalidad de la JEP. Las objeciones de Duque, para decirlo brevemente, son inocuas.

¿Por qué, entonces, el Presidente de una nación se da a la tarea de desencadenar una discusión totalmente inútil? ¿Por qué un jurista del calibre del Fiscal General de la Nación, que es quien aconsejó presentar esas objeciones, incurre en un alegato que, en el mejor de los casos, solo demostraría su ignorancia del tema que es de su competencia?

Esos interrogantes han dado pie a toda suerte de especulaciones que apuntan al temor de que, con el anuncio de objeciones que no tienen piso jurídico, el Ejecutivo esté creando una cortina de humo. Otra más. Es posible que se trate de un distractor que busque desestimular los avances en las investigaciones criminales que involucran a figuras visibles del partido de gobierno y a un miembro del Senado que sigue siendo el líder político más influyente en el país.

No son las especulaciones las que nos convocan esta noche, lo cual no es obstáculo para que en los minutos que siguen nos movamos en esa dirección. Lo que nos convoca es la pregunta que nos genera situaciones como las creadas por Iván Duque y que enmarcamos en el contexto actual de preponderancia de lo que se ha dado en llamar posverdad.

No solo la verdad en su sentido mítico de diafanidad y claridad es la que cae bajo serio cuestionamiento, sino que también su matriz, esto es el caos, deja de ser torbellino fundante y se le reviste de esa prenda mítica de diafanidad con que en la modernidad se le quiso hacer lucir a la verdad. Así como en la modernidad la verdad solía ser manufacturada por los poderes de turno, ahora en la posverdad, el caos deviene en manufactura. En el fondo, y parodiando a Walter Brueggemann en uno de sus primeros textos, el viejo y bien amado La imaginación profética, lo que está en juego es una lucha por la captura de la imaginación.

Sin embargo, esta lucha siempre ha sido sostenida por las fuerzas alternativas, por los de abajo. Así, Brueggemann ve en Moisés a un iconoclasta que empieza a erosionar el imperio asestando sus primeros golpes en lo simbólico. El primer acto realmente amenazante de Moisés consistió en arrebatar de las manos de los encantadores de la corte faraónica sus bastones de encantamiento, esto es, su poder para producir imágenes. Y lo hizo valiéndose de un arma que, por su fragilidad, resalta con mayor firmeza el impacto de esa acción. La vara de Moisés, proveniente del desierto, frágil y quebradiza, devora a los bastones de los encantadores. En ese primer acto, el imperio perdió la guerra por la captura de la imaginación.

Un segundo rasgo de esa lucha, que Brueggemann no destaca pero permite inferir, es que el campo de batalla es la imaginación de los oprimidos; no la de los privilegiados ni la de los que se alimentan de las migajas que caen de la mesa del opulento. A Moisés le interesa que sean los esclavos los que entiendan que el brillo fastuoso del imperio es una manufactura, un artefacto de la maquinaria imperial de creación de realidad virtual. Sin bastones de encantamiento no hay encantadores. Sin encantadores no hay propaganda. Sin propaganda, el imperio se desploma.

El escenario actual parece revertir los roles. Se busca ahora domesticar el caos. Para ello, es más útil crearlo. Es un ardid largamente probado en el ejercicio del poder autárquico. Lo que se resalta en estos tiempos de posverdad es que, a diferencia del pasado, cuando para crear el caos los poderes de turno tenían que realmente subvertir la realidad, ahora ya basta con anunciarlo sin importar que la realidad empíricamente constatable informe que no hay caos. Es un caos que, en lugar de crear una realidad caótica, la domestica haciéndola pasar por caótica. No es Moisés denunciando con su caos que la realidad aceptada como tal no es más que espejismo. Es el Pollo Peletas gritando que el cielo se está cayendo.

De ahí el título sugerido para esta reflexión: “El caos como verdad falsa y la lucha por la captura de la imaginación.” Sigue habiendo problemas con este enunciado. El adjetivo “falsa” implica su contrario. De ese lenguaje venimos sospechando desde los tiempos de Marx, Nietzche y Freud, quienes a su vez aprendieron a sospechar bebiendo en fuentes más antiguas, algunas de las cuales compartimos de manera decidida. Sin embargo, hay cierto espacio para, al menos, aspirar a una verdad que se aleje de lo falso. Esa aspiración es la que nos lleva a involucrarnos en las luchas por capturar la imaginación y no permitir que capturen la nuestra.

Así, entonces, el caos creado por el débil responsable de la rama Ejecutiva del poder público en Colombia, nos lleva a que nuestra pregunta traiga a cuento un enfoque más bíblico que teológico. Propongo arrancar con una breve descripción del actual panorama de posverdad en diálogo con algunos filósofos y comunicadores. De ese intercambio regresaremos a nuestro caos colombiano de la mano de una fábula que aparece en un texto, ese sí caótico, del Antiguo Testamento. La fábula y la discusión contemporánea nos darán algunas pistas de comprensión y acción en esta lucha por la imaginación. Esa es la aspiración.

  1. “Posverdad: un odre nuevo para un vino añejo”[1]

La expresión es de Fernando Berckemeyer, editor de El Comercio, un diario peruano. Por tratarse la posverdad de un discurso que apela preferencialmente a las emociones, para este periodista no se está inventando nada nuevo. Recordando lo trillado de ese camino, Berckemeyer cita a Nietzche cuando describió esos discursos o sus emisores como “espíritus que enlodan las aguas para hacerlas parecer más profundas.” No es, entonces, que la verdad sea falsificada o refutada, sino que pasa a ocupar un lugar secundario de importancia. Sin perder de vista que las nuevas tecnologías de las comunicaciones le dan mayor fuerza a la diseminación de la posverdad, Berckemeyer tiene la esperanza de que estamos ante una moda pasajera. Su fe está puesta en que a estas alturas del partido, ya no pesa sobre nosotros lo que él llama “la capa pesada de la verdad,” que nos llevaba a creerla en virtud de la autoridad que la profería. Liberados de ese fardo, estamos en la capacidad de poner en cintura la actual andanada retórica de falsedades.[2]

Apelar a las emociones no es un engaño. Las dinámicas de la comunicación conllevan un alto componente de persuasión. Para ello, las referencias a una realidad comúnmente compartida por los hablantes es la condición para que la comunicación no se degrade a las bajezas de la manipulación. Los contextos dentro de los cuales ocurren los circuitos comunicativos proveen los elementos que refuerzan los sentidos de los códigos comunicativos, sus significados.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando esa realidad común es pasada por alto, ignorada o manipulada? Esa es la pregunta que ocupa la preocupación de la filósofa francesa Myriam Revault d’Allonnes en su texto La debilidad de lo cierto.[3]Para ella, la posverdad ataca la médula de nuestro mundo común. Reconociendo con Nietzche que no hay hechos en sí sino interpretaciones, d’Allonnes sostiene que eso no implica la abolición de la verdad sino que “los hechos brutos deben ordenarse para que se hagan comprensibles.”

De otra parte, la posverdad reedita el viejo conflicto entre verdad y política. Los eventos recientes en el plano político en diversos lugares del mundo evidencian que, antes que estar frente a una generalización de la mentira, asistimos al problema de que los trámites entre lo cierto y lo falso ya no son operativos. Dice d’Allonnes: “La verdad misma ha sido despojada de sentido. Esto es algo que no había ocurrido antes, excepto con el negacionismo:[4]esta es la primera vez en la etapa contemporánea que se niega la realidad de un hecho ante los mismos ojos de quienes son sus testigos.”[5]

La relación entre verdad y política ha sido históricamente de tensión.[6]Sin embargo, una vez que el capitalismo copó todo el escenario político, primero en occidente y luego en todo el mundo, esa tensión fundante se ha resuelto en una instrumentalización del derecho que busca ahora, no la emancipación, sino el control. Boaventura de Sousa fija su atención en el capitalismo desde el siglo XIX y descubre tres momentos en su desarrollo: un primer momento de capitalismo liberal (siglo XIX), un segundo momento que él describe como de capitalismo organizado (1900-1960), y el tercero que para de Sousa es el período del capitalismo desorganizado (finales de la década de 1960 hasta nuestro tiempo). Esa periodización evidencia que el proyecto inicial del capitalismo era tan ambicioso en su promesa de emancipación, y tan contradictorio, que fue moviéndose hacia una resolución gradual de la tensión primordial entre emancipación y regulación a favor de la regulación. “En la medida en que la tensión entre regulación y emancipación mantuvo su posición central en el paradigma de la modernidad, el orden se concibió siempre en una tensión dialéctica con la solidaridad, una tensión que fue resuelta en una nueva síntesis: la idea de un buen ordenamiento.”[7] En la superación de esa tensión, la verdad juega su papel. El paradigma de la posmodernidad le asignó a la ciencia moderna la responsabilidad de cultivar la verdad, velar por su objetividad (único criterio de validación) y supervisar su propagación. Uno de los resultados de ese ordenamiento fue la mitificación de la verdad científica.[8] En ese orden de ideas, la verdad en la esfera política es la verdad jurídica, la del derecho; la verdad que adjudica justicia. La tensión implícita es fecunda: la justicia habla de emancipación, pero también se requiere de cierto nivel de regulación. Se buscan ordenamientos, con sus respectivos instrumentos jurídicos que garanticen su funcionamiento, pero siempre y cuando se respeten los derechos individuales.

De Sousa observa que a medida que el capitalismo se va desprendiendo de las restricciones que le impone el aparato estatal liberal, de igual manera la verdad jurídica se va despojando de sus incomodidades éticas.[9] La apatía ética resultante invade el universo del discurso al punto de constituirse en una marca distintiva de la posverdad. “La ausencia de posicionamiento ético,”[10] es lo que caracteriza, por ejemplo, a los discursos y posturas de figuras públicas como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Álvaro Uribe Vélez, Iván Duque, Ernesto Macías, Mauricio Macri, etc.

La resolución de la tensión fundante entre verdad y política, emancipación y regulación, en favor del control, si bien ha conducido al reinado del bullshit, la estupidez, también demanda, de otra parte, que se revalide el imperativo de la verdad. Revault d’Allonnes distingue dos clases de verdad: la racional y la factual.[11] La verdad racional es la que corresponde al saber científico. La factual habla de los hechos que se producen. Es aquí donde radica el problema, en lo factual, ya que los hechos tienden a convertirse en opiniones desconectadas de la realidad. El triunfo del No en el plebiscito al que fue sometido el acuerdo de desarme con las FARC es un caso ilustrativo. Los hechos constatables y los datos que los explicaban fueron transformados en opiniones por parte de la campaña promotora del No al punto que se presentaron como pruebas de lo inconveniente que sería para el país el desarme de una guerrilla.

En síntesis. Si bien desde antaño nos las ingeniamos para apelar a las emociones antes que a la razón, y en ese sentido la posverdad no viene siendo nada nuevo, es solo ahora que convertimos los hechos constatables en opiniones sin que haya alguna amarra ética que lo impida. Así, entonces, la cabeza de la rama Ejecutiva de un país puede anunciar objeciones a una ley estatutaria sin preocuparse de que sus oyentes saben que esas objeciones no tienen razón de ser. Esas evidencias de una mentalidad dominante debe despertar en nosotros algún asomo de preocupación. Estoy con Revault d’Allonnes cuando dice que “el verdadero problema… no es ya acceder a los ‘cierto,’ sino de construir una opinión pública, un juicio compartido, una participación en lo sensible que (nos) permita hacer una (casa) común.”[12]

Me permito, entonces, apelar a lo que es común entre los aquí reunidos. Sugiero que escuchemos una fábula emitida por un denunciante de una atrocidad que fue en su tiempo ampliamente aceptada y, por tanto, se convirtió en una tenebrosa casa común. Quizás en plena conciencia de que se dirigía a un público ya acostumbrado a una versión oficial de la historia, Jotán, que así se llamaba este personaje, apeló a la imaginación y puso a hablar a los árboles. La fábula se encuentra en Jueces 9:7-15

 

  1. Frente a la posverdad: la construcción de lo común

Incluso el concepto de “lo común” debe ser sometido a debate. Es posible que “lo común” corresponda a una objetividad así manufacturada por algún poder opresivo. En el caso de la denuncia de Jotán, el terreno de pugna por la imaginación colectiva es también el de la pugna entre dos realidades comunes. Abimelec ha logrado crear en torno suyo una causa que fue común a todos los habitantes de la región.

La creación de la común es el punto de partida de la fábula. Si bien los árboles ya tienen muchas cosas en común, hay algo que todavía les falta: un sentido de organización. La fábula le hace eco al trasiego de los intentos de organización política en occidente. La escena inicial recuerda los debates en el siglo de las luces. Pareciera como si los árboles siguieran las líneas de tres grandes figuras que la historia reconoce como los padres de las teorías políticas contractuales. Rousseau aboga por un contrato social que no implique la abdicación del individuo a su bondad natural. Hobbes se para en la orilla diametralmente opuesta y alega que tal bondad natural no existe y que, por lo tanto, el ser humano tiene que renunciar a su libertad y dársela al Estado. Locke entra a terciar puntualizando que ese tipo de contratos está bien siempre y cuando se garantice la protección de la propiedad.

El asunto es que los árboles en la fábula, así como el mundo occidental siglos atrás, entran en deliberación y se muestran dispuestos a celebrar un gran pacto universal. No es muy clara la tendencia contractual que se percibe en la fábula, pero sí es evidente el deseo de asegurar la robustez de una casa común.

Como alternativa a la posverdad, este de juego de imaginaciones es promisorio. En una publicación reciente en los Anales del Instituto de Filosofía de Bruselas, que lleva por título “Filosofía de lo vegetal,” los filósofos belgas Quentin Hiernaux y Benoit Timmermans, abogan por una construcción de lo vegetal en la filosofía para constituir una ética radicalmente humana. Dicen Hiernaux y Timmermans: “El vegetal permite un pensamiento des-centrado en relación con una galaxia de conceptos (el individuo, la especie, la vida, la muerte, la libertad. etc.)… porque en el vegetal descubrimos un sujeto colectivo que resiste los ataques discretos e individualizantes. Los vegetales no son solamente constitutivos de nuestro entorno y nuestra vida, sino que también conservan, mayormente en sus genomas, el trazo de las culturas que los han transformado.” Es decir, y aquí es donde viene la aplicación concreta, el mundo vegetal es el que nos educa en la construcción de un cultivo recíproco.

El clamor de los árboles en la fábula bien puede tomarse como un clamor de reciprocidad, condición irrenunciable en la construcción de una casa común, de un cultivo común.

La fábula da a entender que son todos los árboles los que se dan a la búsqueda de un arreglo específico de ordenamiento. Llama, entonces, la atención que los candidatos no sean necesariamente los árboles más imponentes. A juzgar por las respuestas de los tres candidatos que declinaron la distinción, se puede presumir que sus credenciales eran sus frutos, sus aportes a la cultura, y no tanto la robustez de sus condiciones maderables o de follaje. Todos tres, el olivo, la higuera y la vid (que no es árbol), tienen ya una idea de lo que significa ejercer el poder.

Esas respuestas se leen en el contexto del conflicto al que apunta la fábula. Jotán está denunciando una usurpación del poder. En la memoria reciente de la comunidad está vivo el recuerdo de su último líder, Gedeón. Con este líder, la federación suelta de tribus que constituía Israel en ese entonces, aprendió que el poder no se expresa en términos de señorío opresivo. A Gedeón le fue ofrecido el título de rey, y él lo rechazó.

Sin embargo, uno de sus descendientes, Abimelec, optó por otro camino y se constituyó en rey opresor. La nueva realidad inaugurada por Abimelec es la que preocupa a los personajes de la fábula. Ser rey es encarnar el modelo de Abimelec. En palabras del olivo, la higuera y la vid: “mecerme sobre los árboles.” Al igual que en el siglo de las luces, los árboles tienen que reimaginar el ordenamiento social, pero se encuentran con que la realidad imperante no les permite la iconoclastia necesaria para postular nuevos iconos. O quizás sí. Ya se dijo que la atención de los árboles recayó inicialmente en figuras no imponentes. Aunque el imaginario imperante privilegia la ostentación, los árboles cultivan un imaginario alternativo y privilegian la producción de belleza (olivo), nutrición (higuera) y alegría (vid). Es posible que esos sean los elementos que la opresión imperante ha cancelado. En la búsqueda de un nuevo ordenamiento social, los árboles están buscando aquello que la opresión destruyó.

Y al igual que en nuestros tiempos de posverdad, los árboles se encuentran con una salida que oscurece el panorama. Hay un cuarto candidato. El espino acepta, como si durante todo el debate hubiera estado a la espera del momento oportuno para dar el zarpazo. El espino es el único que es consciente que entre los árboles está el más majestuoso de todos: el cedro.

Su propuesta sigue la línea del bullshit propio de la estupidez de la posverdad. En primer lugar, toma un hecho y lo convierte en opinión: “vengan y refúgiense bajo mi sombra.” El hecho es el debate en torno a una organización política. La opinión del espino es que ese debate demanda una necesidad de protección. La fábula no ha indicado que los árboles estén buscando protección. Es el espino el que lo toma así, y con ese giro su opinión se transforma en política pública.

No se ha mencionado en esta reflexión la relación entre posverdad y neoliberalismo. Esa relación puede ser tema de otro momento. Bástenos aquí con señalar la concurrencia de los dos fenómenos. Uno de los sentimientos a los que apela el discurso de la posverdad es el miedo. La oferta, típica de los ordenamientos neoliberales imperantes, es la seguridad. Para ello, solo basta con tomar un hecho y volverlo opinión. En nuestro caso, un hecho es que se necesitaba la firma del Presidente para que la Jurisdicción Especial para la Paz gozara de su estatus de ley estatutaria. Ese hecho, sin embargo, devino en opinión en manos de Iván Duque, opinión que formuló mediante seis objeciones. Otro ejemplo de hecho-convertido-en-opinión es la relación con Venezuela. El régimen colombiano ha hecho de la crisis venezolana un asunto de seguridad nacional, si bien los hechos demuestran que esa crisis no pone en riesgo la integridad de la nación. Sin embargo, ya es opinión imperante, una que no se puede rebatir, que el bienestar de Colombia depende de alguna intervención militar exitosa en Venezuela.

El segundo componente de posverdad en el discurso del espino se encuentra en la prospectiva que él desarrolla. Es la prospectiva de la hecatombe. Con el espino se llega al final de la historia. Si no se aceptan sus condiciones sobreviene un holocausto. El discurso del final de la historia no para mientes en el potencial de individuos y comunidades. De poco le sirve al cedro ser el símbolo del Líbano, pues si no acepta que con el espino se llegó al final, su imponencia no lo pondrá a salvo de la hecatombe que sobrevendrá. El discurso de posverdad es mesiánico. Sin duda fue por eso que 10.3 millones de electores optaron por el retorno de un mesías al poder, esta vez, a través de una persona interpuesta. Se publicitó la prospectiva mediante la cual el futuro de Colombia sería convertirse en otra Venezuela si el uribismo no regresaba al poder. El espino auguró la posibilidad de una hecatombe.

Hay un tercer rasgo de posverdad en el espino al que ya se hizo alusión al comienzo. Se trata de la manufactura del caos. Por una parte, la transformación de un hecho en opinión es, en sí mismo, la creación de un caos. El espino lleva a que los árboles crean que están desprotegidos, que es caótica la situación que los rodea, que el caos es el que los ha llevado a buscar una forma de organización política. Por la otra, lo que él ofrece es caos a menos que sus prerrogativas sean satisfechas.  El espino busca que los árboles nieguen los hechos tal cual ellos mismos los han descubierto. Al estilo clásico y viejo de la manufactura de la opinión como la aprendimos a discernir con la Escuela de Frankfurt, el espino se vale de su superioridad política para hacerle creer a un cedro que mejor le va si se cobija bajo la sombra de un espino. El caos del espino, para que la imaginación no pueda florecer. Atreyo en La historia sin fin, de Michel Ende, aprendió esa lección. Si se permite que el caos ahogue la imaginación ya no hay esperanza alguna.

A modo de cierre

El narrador bíblico incurre en la poco recomendable decisión de aplicar la fábula. En lo que tiene que ver con lo que nos ocupa ahora, de una parte se destaca la sabiduría en el planteamiento de la términos del conflicto. A través del personaje Jotán, la narración trae el dilema al terreno de la imaginación. Tal como lo sugieren los dos filósofos belgas ya citados, el mundo vegetal es el que esconde las lecciones para nuestra supervivencia y disfrute de la vida. Un imaginario arbóreo es uno que comunica vida.

En segundo lugar, esta fábula nos aporta elementos para contrarrestar los ataques de la posverdad a la médula de nuestro mundo. Esos elementos van en la dirección de un cultivo recíproco, al decir de Hiernaux y Timmermans, de construcción de una casa común, como para que respondamos la angustia de Hannah Arendt: “¿Cómo vamos a construir una cosa común si lo que hay son opiniones diversas?”

Por último, en la posverdad ya no es solamente la verdad la que está en riesgo. En la modernidad, la verdad se acostumbró a que fuera falseada por cuanto su formulación siempre fue una tentativa. La modernidad nos enseñó a ser cautos porque, nos advertía, la verdad iba a tener aplicación universal. De ahí que al formularla invitábamos a otros a que la consideraran y le encontraran las limitaciones a esa formulación. No es de eso en lo que se ocupa la posverdad. No se trata del falseamiento de un postulado, sino del descrédito de todo el andamiaje de una propuesta de verdad. Así, se desmorona la verdad, pero también se desmorona el caos del cual suelen surgir los grandes descubrimientos. La posverdad instala en el poder a los creadores de caos manufacturados que mantienen a la población en vilo con una prospectiva de hecatombe, caos que difieren de los fecundos en tanto son confusiones que desestimulan la comprensión de la realidad. Por esa vía capturan e inmovilizan los imaginarios colectivos.

¿Qué del jefe de la rama Ejecutiva en Colombia? Su anuncio amenaza con dilatar innecesariamente un proceso que busca implementar los acuerdos de un desarme y hacer avanzar un poco más la paz. Su anuncio manufacturó un caos.

 

 

[1] Fernando Berckemeyer, “The Post-Truth Lie,” en The Post-Truth Era: Reality v Perception, Uno Magazin, Madrid: Llorente y Cuenca, marzo 1017. p. 26.

[2] Íbid., p. 27.

[3] Myriam Revault d’Allonnes, La faiblesse du vrai, Paris: Seuil, 2018.

[4] Referencia a la escuela que niega el Holocausto judío y las atrocidades nazis.

[5] Myriam Revault d’Allonnes, “La post-verité attaque le socle de notre monde commun,” en Libération, octubre 19, 2018.

[6] Boaventura de Sousa. Notas de un curso sobre una comprensión posmoderna del derecho. (Hay versión editada en un texto que no fue consultado para el presente trabajo)

[7] Íbid., p. 56.

[8] Las críticas a la cientificidad del conocimiento y la objetivización de la verdad son múltiples. Se menciona aquí un solo ejemplo: Fred Newman y Lois Holzman, Unscientific Psychology: A Cultural Performatory Approach to Understanding Human Life,iUniverse, 2006.

[9] de Sousa, Op. cit. pp. 82ss.

[10] Daniel Mercier, “Sommes-nous entré dans l’ére de la post-vérité?” Notas de un conversatorio en  Maison du Malpas, septiembre 8, 2018

[11] Myriam Revault d’Allonnes, La faiblesse…

[12] Íbid.

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