Hablar la Verdad con amor a los Poderes

Por Milcíades Púa G.

El surgimiento del profetismo en el pueblo de Israel de acuerdo con los estudiosos se dio en varias etapas. 

Moisés es considerado “el gran profeta” y en el relato de su muerte al final del Deuteronomio se habla que “nunca más hubo en Israel otro profeta como Moisés…” sobre la base de dos elementos: a) hablaba cara a cara con el Señor, b) hizo grandes prodigios, mandados por el Señor, delante del faraón y delante del mismo pueblo.

En la formación del pueblo de Israel, tal vez por la influencia de creencias y prácticas de los pueblos cananeos, se menciona la figura del “vidente” (nebii), aquel que refleja un conocimiento o saber que es desconocido por la mayoría, pero que él afirma poseer.  Los nebiim estaban ligados al culto, de hecho, se caracterizaban por un estado de trance, parece que la palabra nebii está ligada a los movimientos que hacían en brazos y cuerpos.

Pero saltando mucho del desarrollo de la interpretación del profetismo en Israel se van decantando las definiciones y con ello estructurando la figura del “profeta en Israel”.  Al revisar algunos elementos esenciales que el texto bíblico nos relata de manera negativa podemos desentrañar el concepto y a su vez, iluminar en medio de las acepciones que entre las actuales comunidades cristianas se tiene de “profeta”

En el capítulo 18 de Deuteronomio es explícita la prohibición de la adivinación del futuro, consultar espíritus, consultar muertos y hablar en nombre de ellos.  Por el contrario, es claro que el profeta “habla en nombre de Dios” y el criterio de verificabilidad de su mensaje está en el cumplimiento de este. “Si no se cumple lo que anuncia, yo no lo envié…”, lo que nos da el sentido que la palabra profética es de cumplimiento inmediato. Por lo tanto, el profeta no es “un adivinador del futuro”.  Tiene una palabra que anuncia en nombre de Dios, enviada por Dios y cumplida en el tiempo del mismo profeta como garantía que Dios mismo ha hablado.

En realidad, la figura de “profeta”, como la conocemos en Israel, se da con el surgimiento de la monarquía.  Es decir, los profetas surgen en Israel cuando este establece la figura del rey y esto es muy importante para entender el papel del profeta y el profetismo y puede iluminar nuestra comprensión actual.  Podemos resumir las características de su labor así:

  1. Es enviado y habla en nombre de Dios, dice no ser suya la palabra que pronuncia, sino que le fue entregada.
  2. Desenmascara y denuncia la maldad que está oculta o se pretende ocultar.
  3. Anuncia la compensación que merece dicha conducta
  4. Anuncia también el camino de salida de esa situación: exhorta, anima e invita a la transformación de la mala conducta.
  5. Es independiente del rey, es decir, “independiente del poder real”, depende del poder de Dios.

Es claro pues, que el profeta tiene como misión estar “frente al poder” y no “al lado del poder”. Desafía al poder, no le teme y aunque sabe de las consecuencias que su acción podría tener, no rehúye su misión.  Se siente prevalido de un poder que no viene de él, sino de una “fuerza interior”, a la que Jeremías, llama “Palabra de Dios”.  Su independencia del poder humano representado en el rey es tal que, los textos bíblicos hacen la diferencia, los profetas que hablan “al lado del poder” son considerados falsos.  Tal es el caso, por ejemplo, de Micaías de Ymla (1 Reyes 22 y 2 de Crónicas 18). Micaías es llamado “profeta de Yavé”, mientras los otros son llamados “los profetas del rey”.  Mientras la palabra de los profetas del rey son aduladoras para Acab, la palabra de Micaías lo desenmascara.

La tarea del profeta es eminentemente política, denuncia los poderes especialmente cuando estos actúan con injusticia, cuando abusan del poder y maltratan al pobre.  Escuchar las denuncias proféticas de Elías y Eliseo (profetas no escritores) y de Isaías, Amós, Miqueas, Jeremías y los otros profetas escritores, nos brinda la posibilidad de comprender el fenómeno del profetismo en Israel.  Con el cautiverio de Israel en Babilonia y previamente la destrucción del reino del norte, la figura del profeta adquiere una nueva connotación.  Los profetas que surgen allí entran en una nueva dimensión, el problema del mal y la injusticia, no se da solamente en el ámbito de lo local, “el pueblo de Israel”, sino que, ahora traspasa los límites y fronteras.  La fuerza de la palabra profética se da contra los poderes imperiales y se fusionan aspectos de la antigua comprensión, la del vidente con el denunciador crítico del poder.  Como vidente recibe “una revelación” (apocalipsis) y como denunciador crítico es llamado “testigo” (mártir en griego). 

En tiempos de Jesús esos dos elementos estaban mezclados: una efervescencia apocalíptica con la necesidad de conocer el rumbo y fin de la historia y la denuncia de las acciones presentes de los que detentan el poder.  Juan Bautista es llamado “profeta”, Jesús fue considerado por la multitud y por sus propios discípulos como “profeta”, los evangelios, de muchas maneras, resaltan la figura profética de Jesús.  Jesús invita a esa actitud profética cuando pide a sus discípulos que sean capaces de entender los signos de los tiempos.  En nuestro libro de Apocalipsis en el Nuevo Testamento, hay una condena a Roma la capital imperial, porque allí fue encontrada derramada la sangre de los profetas y del pueblo santo.

Con el paso y surgimiento de la iglesia como organización, el oficio de profeta se fue diluyendo.

Hemos tomado toda esta reflexión acerca de la labor de los profetas y del profetismo como marco introductorio de lo que podríamos llamar la labor profética de la comunidad de seguidores y seguidoras de Jesús articulados en la iglesia.  La invitación es a pensar en las acciones y misión de la iglesia en el mundo y una de esas acciones es la voz profética.

En primer lugar, hay que reconocer que la alianza entre la iglesia y el poder estatal a partir del siglo IV de nuestra era desvirtuó totalmente la labor profética, esto no quiere decir que no surgieran voces proféticas a su interior.  Estas voces fueron consideradas, “dissenter”, no representaban lo oficial ni la ortodoxia, sin embargo, pese a su escaso reconocimiento y conocimiento que tenemos de estas historias han estado presentes en la historia de la iglesia.

Pese al surgimiento de la reforma protestante del siglo XVI como un movimiento de carácter profético en cuanto que denunciaba la maldad y la corrupción al interior de la iglesia, su labor fue más reducida al ámbito de la fe, lo religioso y lo organizativo de la iglesia.  Con el desarrollo del puritanismo, pietismo y moralismo, la labor profética se fue reduciendo más al ámbito de las conductas morales particulares y con esto se perdió el carácter inicial de la acción profética.

Sin embargo, voces como la de Zwinglio, los Anabaptistas y la reforma radical, y un poco menos en Calvino le dieron trascendencia a la labor profética de la iglesia al conjunto de la sociedad y por eso buscaban su transformación.

Hoy entendemos la necesidad de recuperar la voz profética de la iglesia, especialmente cuando examinamos los signos de los tiempos con dos elementos que nos marcan:

  1. La creciente injusticia en el mundo
  2. El contexto de la Pandemia

Ambos elementos, en el actual momento, se mezclan el contexto de la Pandemia ha develado la injusticia y desigualdad en nuestro mundo.  La creciente riqueza de los más ricos y la exclusión y marginalidad de los más pobres.  Nuestros sistemas de salud, fruto de un sistema neoliberal, privatizador y excluyente nos ha mostrado a través de miles de muertes en nuestro país que el bienestar social de las comunidades no está en la agenda de los gobiernos.  Por otro lado, hemos visto que ha habido un creciente conservadurismo en las acciones proféticas de las iglesias y las agendas políticas neoconservadoras terminan siendo asumidas sin juicio crítico, por estas.

El contexto nos ha mostrado el creciente uso del populismo y el autoritarismo.  En la mayoría de los países los congresos no están funcionando y sus escasas funciones legislativas están distantes de producir normas que ayuden a afrontar los efectos de la pandemia y por supuesto, la pérdida del control político.

Por otra parte, aunque esto ha sido denunciado por años, las religiones y especialmente el cristianismo están o pretenden ser manipuladas por fuerzas políticas para lograr sus propósitos de dominio y control.

Como hijo de la tradición reformada, comprendo que la labor profética de la iglesia es hablar la verdad con amor a los poderes.  Esto implica la denuncia profética del mal en nuestra sociedad, venga de donde venga, pero especialmente de los poderes y anunciar la justicia como proyecto de Dios.  En ese sentido, nuestro lugar no puede estar al lado de los poderes, sino “frente” a los poderes.  Los partidos políticos llamados cristianos no deben convertirse en “profetas del rey” (con minúscula). Tenemos la necesidad urgente de recuperar la fuerza ética y moral que haga de este mundo uno más justo y equitativo, con respeto de la naturaleza y con el establecimiento de la vida plena o abundante anunciada por Jesucristo. El diálogo está abierto.

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