Yo siempre te he querido

Por Felipe Moreno

Al oír la noticia de tu último suspiro, me quedé sin aire en los pulmones, con un nudo en el alma más que en la garganta. Me encontraba perplejo, inmóvil como una piedra y frío como el hielo. Estaba tan pálido que parecía un muerto. Era sólo los restos de un mortal sin ninguna clase de esperanza. En aquel instante, entendí que el abandono es contemplar de forma súbita el abismo y dejarte absorber por él, es ver unos ojos que no te ven. Luego de ese fatídico día me convertí en un extraño, en alguien impasible, seco y apático. Mi modo de mirar dejó de revelar la ternura de mi ser.

Así pues, me empecé a sentir más solitario y desprovisto que nunca, y comprendí que el sufrimiento jamás se termina, que es un virus que todos poseemos. No hay cura que nos libre de ello. No era mi día, ni mi año, dejé de ser yo. Esta vida no era la mía. La circunstancia más que la muerte me arrebató a la persona más querida. Mis mejores cualidades, mis más grandes aspiraciones se murieron junto con ella, y recuerdo que me dije a sí mismo: sólo soy un ser sin rostro, sin propósito y sin corazón. El firmamento se me oscureció.

Me notaba disgustado y resentido con todo. Estaba bastante jodido, y de una forma lenta, iba observando como mi vida no se dirigía para ninguna parte. Tras tu partida, solo me quedé ha aguardar la hora de mi deceso mientras que el suplicio me hacía una álgida compañía, pero no pude seguir soportando esto. Posteriormente, para escapar de ello efectúe lo que muchos hacen: llenar el vacío con frivolidades.

Existen distintos tipos de amor y en ti los halle todos. Tal vez esta sea la razón más relevante del porqué tu fallecimiento me afectó tanto. Es irónico que uno reconozca estas cosas cuando ya no hay nada que hacer, cuando ya es demasiado tarde. No obstante, es más complicado admitir que una cierta cantidad de personas valoramos más las lágrimas que las sonrisas, apreciamos más las palabras que los actos, y estimamos más la muerte que la vida. ¡Que amargura! Razonamos mucho pero aún carecemos de percepción.

Siempre considere que para algunos las cosas nunca salen como lo pensaron. Los sueños son extraños, una anomalía para las personas perdidas, aisladas. Cuanto más te habitúas con ellos, menos hermosos se vuelven. Las palabras son dulces y sencillas, también, tétricas y complicadas. Sin embargo, las que guardo con mayor apogeo son las promesas, estas las realizó. A ti te hice varias y ni siquiera he comenzado por la primera. A pesar de ello, creo poderte cumplir solo una cosa: seguir existiendo siendo consciente de esto, puesto que no somos más que un conjunto de conductas aprendidas que son las que nos hacen marcar una singularidad en este mundo, tal como tú lo hiciste conmigo.

Así como las palabras y las acciones poseen mensajes, los silencios también. Cuando te deseé la muerte estaba consumado por la ira, no pensé con claridad lo que decía. Después de que me escuchaste, tu mutismo me otorgó una respuesta simple, y a la vez, triste; no me reconocías, estabas decepcionada. Cada expresión tiene un efecto y tenemos que coexistir siendo responsables de ello. Sin embargo, en ocasiones eso lo ignoramos y en otras pedimos perdón, pero de nada sirven las disculpas si volvemos a repetir los mismos actos. Entonces, eso no se llamaría arrepentimiento sino manipulación.

Me aflige lo lacerante que fui contigo, en especial lo que te dije el 11 de junio del 2015. No puedes suponer cuánto me duele que nuestra última conversación haya culminado en esos términos. Ahora creo soy ambivalente. Sufro por no conseguir lo que anhelo: tu regreso. Por el contrario, sé que si esa ilusión se hiciera realidad el cansancio te adhería a una tortuosa existencia, tu vida estaría balanceada no solo por esto, sino además por el aburrimiento, por el afán y el desconsuelo, y tampoco quiero eso. El verdadero problema es que nadie te informa que echar de menos es el precio que se paga por los buenos recuerdos.

Hay que dejar ir las historias, el pasado, las personas. No perseverar con aquello que dejó de ser, con aquello que ya no existe. Toca aceptar y despedirnos de eso que nos desmorona e incitarnos a experimentar nuevas cosas que nos ayuden a mejorar como individuos. Debemos aprender a valorarnos para así convivir en soledad. Este fue uno de los saberes que me heredaste y yo no lo estaba aplicando. Para agregar, podría comentarte de manera breve, que el desamparo ya no es algo que me angustia.

Tras tu partida, lo único que deseaba era caer en un coma perpetuo. Quizás era porque el sueño lo asociaba con el estado más cercano a la muerte, y de igual modo, al olvido. He soñado demasiado, tanto que no sé si en verdad he vivido. Como tú ya sabes, la franqueza economiza mucho tiempo. Cuando estaba contigo no podía identificar tus debilidades y eso se me hacía utópico, lleno de ficción y de misterio. No lo podía creer, me sentía maravillado e inducido por tu fulgor. A tu lado todo era increíble y agradable. Pero la muerte te abrazó y fue en ese instante en que descubrí mi más vasta fragilidad: que te quería y ya no era posible podértelo decir.

La peor desgracia de este asunto era que mi tristeza seguía igual. No obstante, poco a poco he empezado a entender que se necesita más osadía para vivir que para quitarse la vida. Me dejaste muchas reflexiones y me enseñaste cosas muy valiosas. Una de ellas; a no ser alguien común, normal, dado que ser así es caer en lo habitual, en lo mediocre. El mundo avanza gracias a esas personas peculiares e inusuales que se arriesgan a tener un alma libre, es decir, a ser diferentes.

La subsistencia es el ejercicio más arduo de todos. Ciertos individuos fallan por tratar de plagiar a otro, al desconocer que para cada uno existe una prueba distinta. En este sentido, ¿Cuál es el examen de mi vida? Antes solía seguirte sin importar hacia donde fueras. Ahora, para mí esto ya no es una posibilidad. Tengo que averiguar por mi

propia cuenta mi destino, el camino a recorrer, y ello no lo podré lograr si imitó la forma en que viviste; esto me despojaría mi autenticidad.

A veces pienso que lo peor no es que te mientan, sino que ni siquiera eras digno de que te hablaran con sinceridad. ¿Cuánta verdad el ser humano puede tolerar? Tu ausencia es una realidad que todavía me cuesta entender. Me produce un profundo malestar, una agonía interna que aún me es difícil de explicar. La razón de esto, es porque no me agradan las mentes común y corrientes, me frustra el hecho de saber que todos tienen lo mismo para entregar, y tú siempre me atribuiste conocimientos novedosos que me impulsaron a crecer.

Siento una gran desazón por las conductas de irrespeto y crueldad que ejecute contra ti, y pienso que lo que más me aflige es que empecé a justificar estas acciones. De forma constante trataba de hallar un pretexto, un motivo, un fundamento que me posibilitara introducir mi remordimiento en las vísceras de mis coacciones más salvajes. Sin darme cuenta comencé a transforme en lo que más detesto. Y así vivía horas, días, semanas, en ocasiones meses, en que ni siquiera podía mirarme al espejo. La repulsión que se me generaba al verme era desmedida, tan intensa que si continuaba me hubiera arrojado contra mi propia representación. No podía soportar lo que se me reflejaba en los cristales.

La muerte es un destino que todos compartimos. La vida es tan efímera comparada con esta. Cuando alguien expira es el fin de su pasado y su futuro. Los propósitos que pudo llegar a obtener se esfuman tras su deceso. Todo aquello que lo sujetaba a la existencia es desactivado, salvo una cosa: las personas que fueron relevantes en su vida. Y esta gente, las que siguen en este mundo, se encuentran entrelazadas por los momentos únicos y gratos que compartieron con el fallecido. Es complicado de describir, y aunque algunas veces lo anterior no se cumpla de dicha manera, son muchos los que no quieren perder ese vínculo.

Jamás he conocido a alguien valiente que tenga un pasado sencillo. El valor se forja por medio del dolor, y es este el que lleva al individuo a una madurez más alta e íntima. De ti aprendí que son pocas las personas que hacen del tormento su más sublime creación. Aquel que lo logra alcanzó el máximo auge de su desarrollo, en vista que controló el poder que existe en su propio calvario, para así crear un nuevo paraíso, un camino alternativo.

Soy consciente de los errores que cometí contigo, y por más culpa y amargura que tenga el ayer no se podrá reescribir. No puedo permitir que las sombras de mi pasado me sigan absorbiendo, no puedo darme ese privilegio. Y si es que existe un Dios, por mucho que me grites desde los cielos no te podré escuchar, así que de eso tampoco me puedo afianzar. Después de tu muerte me volví en un esclavo de la vida, ya que no tome posesión sobre esta. Cada vez me aproximo a un sendero que me hará reencontrarme a sí mismo, y cuando realice este objetivo mi destino no será lo opuesto a lo que tu querías para mí, pero sí distinto.

¿Por qué aferrarse a lo que ya quedó atrás? ¿Por qué acogerse a lo que ya no tiene nada que aportar? Hay que ser malintencionado o idiota al persistir con aquello que dejó de existir. Por eso, tal como tú me lo demostraste, debo encontrar mi verdad para que nunca me apegue a la ilusión de esta. Solo cuando la franqueza esté en mis manos podré decidir hacia dónde voy y qué es lo que anhelo. Estoy en busca de esta honestidad absoluta y siento que cada vez me acerco más a ella. Y aunque te suene absurdo, esto es uno de los aspectos que me preservan entero, esto es una de las cosas en las que me refugio cuando estoy consternado.

La carencia emocional denota una historia disipada por el fuego, por la ira, donde sus mejores fragmentos son los primeros en terminar despedazados; ello hace surgir la desesperación, la culpa, la autoagresión y, por último, la muerte. Mejor dicho, cuando una persona es capturada por lo lúgubre no sólo se encuentra en la falta o privación de algo, sino también vive en un lento derrumbe, contemplando el pasado, desgastado por los lamentos, enlazado al vestigio, rechazando la esperanza y rendido al declive: al abandono del presente.

El sufrimiento de cada persona es único, particular, subjetivo e individual. De manera que este no se puede comparar. Llevo conmigo una oscuridad que ansío despojar. No obstante, la solución está en aceptarla, más no en ocultarla. Durante años mi vida consistía en aparentar alguien que no era, en manifestarme con sonrisas falsas. Creía que de ese modo iba a poder omitir mi dolor más íntimo, no fue así, de hecho, se incrementó. Mi conducta estaba en un contexto inadecuado. Por esta razón debemos conocernos por completo, ya que si lo logramos nunca tendremos que mentirle a nadie.

Mi entorno no es más que una serie de señales eléctricas que interpreta mi cerebro, que son las que construyen mi realidad; mis aciertos y mis errores. Es decir, que soy víctima y victimario de mis decisiones y no de los eventos que ya sucedieron o que están por pasar. Todo es una elección y no voy a permitir que tu memoria en mi siga convirtiéndose más en melancolía que en nostalgia, no nos merecemos eso. Pueda que no exista nada perpetuo ni perfecto. Sin embargo, tal como tú me diste a comprender, venimos a este mundo para atraer cosas y personas que nos compensen, y a la vez, que nos restauren de tanto mal.

Si tan solo hubiera sido consciente de mis fallas en vez de estar empeñado en rechazarlas, la carga que poseo no existiría. Pero suponer sobre ello no sirve en absoluto. Lo acontecido ocurrió de cierta manera y no hay nada que hacer. Ahora solo me queda enfrentar la penumbra y el desasosiego, sin temor; los miraré de forma fija y con la frente en alto los confrontare, sin importar lo fuerte que sean voy a vencer, dado que rescatarme es lo único que de verdad vale la pena intentar. Por el momento esto será mi acto más revolucionario; el de vivir.

Ojalá un día mis lágrimas sean más de alivio que de tristeza, porque llorar con desdicha es cancerígeno para el corazón y el alma; ojalá algún día pueda volver a

confiar en alguien, tal como lo hice contigo. Me gustaría abandonar mis obsesiones: el recelo, el resquemor, el odio y la represalia, me agradaría llegar a ver como los desesperados surgen de las cenizas y, posteriormente, se reconstruyen con su propio fuego. No espero ni quiero ser una persona amable, pero si compasiva.

Tu fallecimiento me hizo comprender que, aunque pronostique todo y suponga muchas cosas, nunca podré aplicar esto para saber los detalles y los límites que puede contener la tristeza. No obstante, es este el único evento que me hace exteriorizar mis mejores virtudes, como también, mis peores demonios. No te imaginas lo incómodo que me siento cuando experimentó esta encrucijada, puesto que reconocerse es una vivencia amplia y recóndita. Por consiguiente, siempre me genera cuestionamientos sobre algún asunto, así que te compartiré el más frecuente: y si la libertad resulta no ser más que otra emoción, ¿Qué distinción existe entre vivir y en creer vivir de forma libre? ¿Puede uno percibirse libre al forjar las cadenas de su propia retención? Cuanto daría por escuchar de tu boca esas respuestas, sin embargo, sé muy bien que, si quiero descubrirlas, el sendero que me espera lo tendré que recorrer solo.

Sabes, antes la ambición por dejar de respirar era lo único que me interesaba. No hallaba nada más que me importara. Por esta razón he inmolado todo, tanto la existencia como el deceso. El suicidio es una determinación que obedece a una voluntad, de allí proviene su belleza. Pocas personas lo entienden y muchos lo malinterpretan. La ideación suicida para mí ya no es una noción melancólica y pesada, sino un concepto enardeciente y cautivante. El hecho de que pueda renunciar a vivir, o de que decida seguir y salga victorioso sobre mi subsistencia, es un pensamiento apasionante. El discurrir y reflexionar acerca del acto de autodestruirse es aquello que me ha ayudado a tolerar un poco más la vida, como además la muerte.

Han transcurrido cuatro años desde el día en que te fuiste. Añoro tanto tu presencia, entregaría una gran parte de mí con tal de volver a oír tu voz. A veces quisiera regresar a esa época en la que fui tan feliz, sumergirme en la protección que me transmitían tus abrazos, luego alzar la vista, y así contemplar la calidez de tu sonrisa. No obstante, hoy soy consciente de que aquel que desee la notoriedad tiene que despojarse de su orgullo, e incluso de lo que más quiere, para así controlar la ardua habilidad de marcharse en el momento adecuado, tal como tú lo hiciste.

En estos últimos días creo no he hecho nada con mi tiempo, y pueda que tenga razón. Sin embargo, en ocasiones prefiero dejarlo correr, dado que eso tiene más mérito que tratar de llenarlo. Esto me hace pensar en lo fugaz, en lo perecedero, en que no existe alguien o algo que nos pertenezca para siempre, y en procurar de dejar un ideal inconcluso en todo, en especial hacia sí mismo. Por este inmenso motivo traté de negar tu muerte y ello hizo que mi desesperación se acrecentara. Después de esto empecé a ocultarme en lo abismal y en lo evidente, y en ese ambiente encontré el origen de los sentimientos más despreciables y temerarios.

Luego de tu muerte, mi tristeza y mi odio comenzaron a intensificarse. Vivía cansado y enojado con mi alrededor, estaba sumergido en la decadencia por el ayer y en el tedio por el porvenir. Ahora todo es diferente. La subsistencia es muy concisa como para dejarse consumir por el pasado. A partir de este momento realizaré juicios de valor para no repetir aquellos errores que me condenaron al resguardo de la perdición.

Estoy harto de seguir huyendo del sufrimiento, agotado de escapar y de reprimir mis emociones. Es hora de confrontar mis terrores y de sobrellevar de una forma sana mi aflicción. Los recuerdos de un ser querido nunca deben transformarse en motivo de tristeza, peso o culpa, sino en un conversatorio entre nuestras alegrías y esperanzas. Entregarse con anticipación a la muerte, es negarse la oportunidad de reencontrarse a sí mismo, es fallecer como un desconocido. Forzar las cosas o inclinarse por una salida sencilla solo es revestirse con los actos más egoístas, aumentando el dolor y la agonía. Yo renuncio hacer esa clase de persona, dimito a perecer como alguien irreconocible.

Durante bastante tiempo viví sin ningún tipo de objetivo. Mi vida estaba siendo conducida por un caos excesivo, al punto en que llegue a depender de esto para soportar las peores transgresiones que se hallaban en mi alma. Hoy ya tengo un propósito, algo que me impulsa a mirar hacia el mañana. Quiero guiar a esas personas que han estado en un mundo de tristeza, abandono y desesperación, dado que yo provengo de allí, y conozco su entorno, lo que transmite. Aspiro ayudarle a la gente que en realidad me necesite, motivarlos a continuar, ya sea con el arte, el deporte o el estudio. Esta es mi voluntad, mi determinación final.

Ya que conoces mi decisión definitiva, agradezco todo lo que hiciste por mí. Fuiste una madre, una maestra y una amiga increíble, me dejaste varias enseñanzas y diversas reflexiones, pero no puedo seguir aferrándome a ti. Ya hiciste tu parte, ahora me corresponde a mí. Con este escrito me despido de alguien que fue muy trascendental en mi existencia, de alguien que aprecio y le preservó un cariño absoluto. A pesar del agridulce desenlace de tu vida, me siento orgulloso de haberte conocido, de que hayamos compartido momentos tan especiales, llenos de felicidad. En este instante, comprendo que ello es uno de los poderes que domina la muerte: hacer que las personas hablen más con el corazón que con el intelecto.

Por último, aunque a veces haya sido un impedimento para tu vida, y por eso en alguna ocasión llegaste a detestarme. De igual forma, deseo que sepas que tu memoria jamás la olvidaré, que aún te guardo en mi interior, en mi ser. Soy consciente que te falle mucho, así que no tienes porqué perdonarme. Ya no me interesa conocer la razón por la que te fuiste, el hecho es que ocurrió y de nada sirve ponerse a pensar más sobre ello. Tuve que morir en varias oportunidades para finalmente dejarte ir. De cualquier modo, existe algo que si es de vital importancia y que necesito decirte: yo siempre te he querido. Hasta pronto.

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