Hace 20 años…

Autor Anónimo

Hace 20 años, cuando ingresé a la Universidad de Antioquia, en mi carrera había cupo para solo 45 estudiantes. Por supuesto, esas 44 personas que ingresaron conmigo, eran todo eso que uno se imagina cuando piensa en la universidad pública: gente brillante, talentosa, esforzada, algunas personas humildes que invirtieron los ahorros de su familia en cursos preuniversitarios para poder ingresar, algunas que venían de lejos, contando cada peso para sacar fotocopias y más o menos almorzar. Un recuerdo que aún me infla el corazón.

Pero no quiero hablar de los 45 que ingresamos, sino de los más de 1.500 que quisieron ingresar solo a esa carrera ese año y no pudieron. Gente que también era brillante, talentosa, esforzada, seguramente muchos eran los mejores de sus colegios y los más brillantes de sus familias: pero cuando hay cupo para 45, solo ingresan 45, sin importar los méritos que hayan hecho los demás.

Me acuerdo que en esos días solíamos decir que no ingresaban aquellos que “tenían más respuestas buenas en el examen, sino menos respuestas malas”, porque en un examen de esos, una sola pregunta, un solo error estúpido, te puede dejar por fuera, sin importar cuánto te hayas matado estudiando.

Escribo esto, porque conozco muchas personas que creen que en Colombia hay gente que vive en la pobreza, simplemente porque no se ha esforzado lo suficiente para salir de ella. Pero no es así, y el ingreso a la universidad pública es solo un ejemplo que demuestra que las oportunidades en Colombia son muy limitadas y que no basta con trabajar y esforzarse para tener una vida digna.

Es muy tentador caer en la vanidad de pensar que, porque nos fue bien en un examen de ingreso, porque nos graduamos, porque pudimos sacar adelante un negocio o logramos conseguir un trabajo más o menos decente, nosotros nos merecemos la vida digna que tenemos. Pero los demás no.

Y es muy bonito, además, asumir como propia esa narrativa heroica sobre las carencias que sufrimos y los esfuerzos que nos llevaron a conseguir lo que tenemos, mientras que decimos que los demás no se merecen una vida digna, porque no se mataron tanto como nosotros.

Es obvio, pero hay que decirlo: cuando las oportunidades son tan limitadas y se promueve esa competencia descarnada, la mayoría de gente siempre se queda por fuera. En el jueguito de las sillas que jugábamos en las piñatas de la infancia, siempre ganaba solo un niño, no importaba cuántos golpes y arañazos recibieran los demás, no importaba cuánto corrieran y se esforzaran todos: nunca ganaban dos.

De la misma forma, en nuestra sociedad de oportunidades reducidas, siempre van a avanzar solo unos pocos, no importa cuántos sacrificios y desvelos hayan pasado los demás. Entonces, ¿es justo decir que quienes pierden el juego en nuestra sociedad lo hacen solo por falta de esfuerzo?, ¿es justo decir que los colombianos que protestan hoy están pidiendo todo regalado?, ¿es justo permitir que las cosas sigan siendo así?

Yo me esforcé. Muchísimo. Pero puedo decir con total certeza que hay miles de personas que se han esforzado más que yo y han conseguido mucho, muchísimo menos. Y si las cosas no cambian en Colombia, esas personas nunca van a conseguir nada. Por eso, porque tengo la dicha y el privilegio de haber visto recompensados mis esfuerzos, la decencia me obliga a luchar para que todos los demás colombianos y colombianas tengan la misma oportunidad. Y esta es mi invitación para todos aquellos que están en mi lugar.

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