Nacidos en Armero

Por Rodrigo Ariza / armerita

La desaparición de Armero, llamada “Ciudad Blanca de Colombia” por ser el municipio mayor productor de algodón, se convierte en la tragedia natural más importante del país.

Aquella noche del aquel miércoles 13 de noviembre de 1985, mientras muchos dormían el Volcán-Nevado del Ruiz despertaba de un sueño que según se afirma duró 100 años.

Esta avalancha de lodo, piedras, azufre, arboles, que  tomó por sorpresa a los poblados del casco urbano, en menos de 40 minutos arrasó con uno de los municipios más prósperos de Colombia, no se ha podido precisar el número de víctimas fatales ni mucho menos las perdidas materiales se han cuantificado, lo que sí se puede asegurar es que más de 25 mil personas perdieron la vida por la omisión del Gobierno de Belisario Betancourt Cuartas al no haber hecho caso a las advertencias de los organismos vulcanológicos que desde septiembre venían hablando de la aparición de los primeros indicios de una actividad volcánica en El Ruiz.

Y es la actividad volcánica la que produce recalentamiento al interior del volcán ocasionando el deshielo de las nieves que perpetuaban la cima del nevado, sitio donde nace el Rio Lagunilla; el deshielo incrementó el cause y el lecho del río al no poder contener las aguas se represó y ocasionó lo que 35 años después siguen lamentando los nacidos, los criados y los descendientes de armeritas.

Fueron momentos trágicos y de horror, quienes vivieron esta pesadilla no han podido olvidar la angustia de niños, jóvenes y adultos que clamaban ayuda para no morir entre el lodo aprisionados quizás por paredes, postes o por inmensas rocas. Omaira Sánchez no fue la única que ofrendó su vida sin entender lo que sucedía, también lo hicieron miles de personas que vivieron en una ciudad que tenía todo lo que necesitan los seres humanos para ser felices, y lo que no tenía seguro que llegaría con el tesón, el empuje y el amor de todos por este terruño…

El próximo mes de noviembre se conmemora el aniversario número 35 de esta tragedia, tres décadas y media y nada han hecho los gobiernos para mitigar la problemática social, laboral y económica de los más de 30 mil sobrevivientes.

En estos 35 años han pasado ocho presidentes por la Casa de Nariño: Belisario Betancur Cuartas, Virgilio Barco Vargas, César Augusto Gaviria Trujillo, Ernesto Samper Pizano, Andrés Pastrana Arango, Álvaro Uribe Vélez, Juan Manuel Santos Calderón y el actual Iván Duque Márquez, todos ellos solo han dejado salir de sus labios elocuentes discursos, promesas incumplidas y retóricas mentiras que han sumido a la región en el olvido y el subdesarrollo. No se piden limosnas, ni dádivas por votos, se espera que se dé cumplimiento a los principios legales ganados como comunidad afectada por una catástrofe natural que demanda cuidados, atención y apoyo gubernamental.

Se ha hablado mucho y se ha hecho nada, no se crearon las empresas que generarían empleos, ni los préstamos para los emprendedores, ni las viviendas dignas, ni exención de impuestos, ni atención de calidad en salud, ni educación con énfasis acordes a las necesidades, ni el parque a la vida, ni los subsidios por pérdida de propiedades, ni el capital semilla para los empresarios que lo perdieron todo, nada de lo hablado se ha cumplido. Y en cambio, los sobrevivientes de Armero han tenido que soportar tratamientos de quinta categoría, han sido condenados a perder sus raíces, su idiosincrasia, sus costumbres y hasta su identidad, y es que los armeritas fueron obligados a aceptar que en su documento de identidad no apareciera nacido en Armero, sino nacido en Armero Guayabal esta disposición se hizo en el año 2.000 cuando aparece el diseño del documento con hologramas.

Para los armeritas no ha cesado la horrible noche, no se han podido acostumbrar al destierro y a tener que habitar poblados donde no son bien recibidos a pesar de demostrar su casta y su verraquera, el ir por caminos andados y ocupar lugares prestados nunca lo imaginaron, menos si en sus recuerdos están vivas las imágenes de lo que se tuvo y se perdió por la negligencia de un presidente y sus subalternos inhumanos e incapaces para hacer el bien.

¿Treinta y cinco años después que piden los armeritas?

Es poco lo que se puede hacer para reparar todo el daño hecho, son muchos los sobrevivientes de la tragedia que ya se han ido a mejor vida, hombres y mujeres que soñaron con regresar al terruño que los vio nacer y con sus propias manos hubieran querido levantar sus viviendas, dejando el sudor sobre sus ropas, y felices quizás tarareando la canción de Silva y Villalba “Viejo Tolima” o silbando “Señorial Armero Señorial” el himno a Armero que hiciera José Barros. Y es que los gobiernos no han entendido que esas tierras tienen dueños y aunque no todos tengan escrituras, les pertenecen los valles y montañas que conforman el municipio, es por eso que han clamado que se les de el apoyo para hacer los estudios de conveniencia y factibilidad para volver a habitar su tierra, que se les acompañe para construir sus casas y se les otorgue nuevamente el título de -Nacidos en Armero- en sus documentos de identidad.

No es justo y es hasta vergonzoso que, con tantos terrenos baldíos, inutilizados y sin importancia que tiene la región tolimense, hayan escogido las tierras de Armero para construir un relleno sanitario, ¿es que acaso desconocen la realidad de estos botaderos de desperdicios?, ¿es que no saben que los rellenos sanitarios están abolidos en todo el mundo y por lo tanto se deben construir plantas de tratamiento de desperdicios sólidos?, ¿no saben que los rellenos sanitarios no crecen hacia arriba o hacia abajo sino hacia los lados y en menos de 10 años los recuerdos de quienes perdieron allí la vida van a ser tapados por las basuras de muchos municipios?

Dios permita que el haber llegado al aniversario treinta y cinco sea el génesis para una mejor vida de quienes tienen que ver con Armero y que no siga significando el éxodo de las nuevas generaciones que van por el mundo en búsqueda de la tierra prometida, sabiendo que sus raíces están demarcadas en un terreno en el que fluyó leche y miel, la misma tierra que en el futuro puede ser un emporio turístico-religioso, empresarial y modelo de ciudad.

No son veinte, ni cien, son miles los armeritas que aún en pie, gritan que están vivos y cuerdos para luchar y reclamar que se les reconozca sus derechos y se les de el trato que les negaron por tres décadas y media; hombres y mujeres de cuatro generaciones que esperan que llegue el momento en que puedan regresar a su añorado ARMERO.

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